Nadie dijo nunca que lo bueno fuera fácil...

Publicado el 14 de marzo de 2026, 20:56

Como dijo nadie, «en esta vida no se puede quedar bien con todo el mundo».

La frase suele aparecer como una especie de absolución preventiva, un comodín moral que permite justificar desplantes, silencios incómodos o el famoso ghosting— que consiste, básicamente, en desaparecer sin dejar rastro.

El problema es que muchas veces se confunde lo que significa quedar bien.

Esta es, precisamente, una historia sobre eso: sobre responder —o no responder— a alguien que te ha dedicado su tiempo. Contestar un correo final de despedida, disculparse por no presentarse a una reunión o escribir dos líneas de agradecimiento dejando la puerta abierta aunque la vayas a cerrar de un portazo...

En otras palabras, mover un poco el culo.

Pero cuando ese culo está cómodamente instalado en el confort de una posición acomodada, la vida resulta más fácil. Todo da mucha más pereza. Y mojarse siempre es más incómodo que guardar silencio.

Otro de esos aforismos que nadie dijo nunca, «si lo que vas a decir no mejora el silencio, es mejor no decir nada». Suena profundo. También suena cómodo. El problema es que el silencio, cuando lo practica quien tiene la posición de poder, rara vez es elegante: suele ser, más bien, otra forma educada de desaparecer.

Hace poco decidí escribir a una empresa que me gusta especialmente y cuyo proyecto sigo desde hace tiempo. No respondía a ninguna oferta ni a una convocatoria. El puesto, de hecho, no existía. Simplemente les envié una propuesta espontánea: un correo en el que explicaba qué podía aportar a su proyecto, desde mi experiencia organizando procesos complejos y con un foco constante en la mejora de la experiencia del cliente.

Era, en esencia, una forma de decir: aquí estoy, esto es lo que sé hacer y quizá en algún momento pueda ser útil.

Podían haber hecho lo que hacen muchas organizaciones cuando reciben un mensaje inesperado: ignorarlo.

Pero no lo hicieron.

Llegó el día de la reunión. Encendí Teams y me preparé, nerviosa pero confiada.

La persona con la que había estado hablando todo este tiempo no se conectó. Llamé a su secretaria y me dijo que había salido. En su lugar, alguien escribió en el chat pidiendo que le enviara un número de teléfono para llamarme.

Se lo envié.

Me llamó. Iba caminando por la calle.

La conversación duró lo que dura cruzar una avenida larga: dos minutos.

Intenté explicar brevemente lo que había preparado, pero la mayor parte del tiempo fue un monólogo al otro lado del teléfono.

Colgamos.

Y me embargó la desilusión. Miré la pantalla de mi ordenador. Mi presentación se me antojaba ahora tan cuidada como inútil.

Pasé unos minutos mirando al vacío sin ver nada. No me lo pensé dos veces. Escribí un correo a la persona con la que había estado tratando todo este tiempo, la que no se había presentado a la reunión. Le dije que sentía mucho que no hubiese podido conectarse, que me había quedado con la sensación de no haber podido explicar casi nada de lo que había preparado para ellos y que, en cualquier caso, le enviaba la presentación para que pudiera verla en algún momento, si lo consideraba oportuno.

Yo ya podía cerrar página.

Y, al parecer, ellos también, porque nunca supe nada más de esta persona.

Si yo fuera ellos, habría agradecido el tiempo, el interés y quizá hasta me habría fascinado el coraje de esa persona al lanzarse al vacío sin saber si abajo había red. Pero qué sabré yo, que estoy en el paro, y ellos son directivos de una fundación que ayuda a personas.

Como dijo nadie, «la educación no cotiza en bolsa». Tratar a la gente con respeto y entender que al otro lado hay personas es uno de esos lujos que hasta el más pobre puede permitirse.

Y qué importante es la educación, y cuánto les debo a mis padres haber recibido la que tengo.

P. D. Al final mi trabajo va a ser rellenar un montón de folios en blanco con anécdotas con mensaje. ¿Y si me hago coach?

 

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