Las palabras que nos salvan

Publicado el 5 de febrero de 2026, 19:15

Las palabras nuevas no aparecen porque sí. Aparecen porque algo necesita ser dicho y el vocabulario disponible ya no alcanza. Cuando un adolescente dice lache, no está jugando a hablar raro, está diciendo que algo le da vergüenza, pero una vergüenza a la vista de todos: Por ejemplo cuando ese momento en el que subes algo a las redes y, cuando lo ves ahí expuesto, te das cuenta de que quizá no fue buena idea.

Decir qué lache acota el daño, lo vuelve breve, casi risible.

Algo parecido pasa con cringe. No significa exactamente vergüenza ajena, es ese gesto automático de incomodidad que te hace encoger los hombros cuando ves un vídeo, un comentario o una escena que preferirías no haber visto. No invita a pensar ni a analizar: invita a retirarse rápido. Como random, que sirve para cerrar el sentido cuando algo ocurre sin lógica aparente. Pasa algo extraño, difícil de explicar, y basta decir: fue muy random.

No se desarrolla. Se pasa página.

Muchas de estas palabras no describen tanto lo que ocurre como la posición emocional desde la que se vive. Mood no es sólo estado de ánimo: es decir “hoy estoy para esto y para nada más”. Decir ''qué Vibe'' no es sólo hacer referencia al ambiente: es notar que un sitio, una persona o una noche “funciona” sin necesidad de justificarlo. Ghostear no es dejar de responder; es desaparecer de una conversación sin dar explicaciones, evitando la escena incómoda que supondría decir “ya no quiero seguir hablando”.

Y muchas llegan del inglés. No porque el español no tenga recursos, sino porque el inglés funciona hoy como lengua de distancia emocional. Decir cringe pesa menos que decir ridículo

Nada de esto es nuevo. Cada generación ha necesitado palabras para protegerse. En los años 80 y 90 también se hablaba así. Decir que algo era cutre servía para despacharlo sin discutir. Ser pasota era una forma de declararse al margen. Rayarse nombraba el exceso de vueltas mentales; flipar, la exageración de una experiencia. Molar bastaba para aprobar algo sin argumentos; qué fuerte para reaccionar cuando no se sabía muy bien qué decir. No eran palabras pobres: eran atajos emocionales.

Hoy esos atajos se llaman hype. No es solo ilusión: es esa expectación que se comenta antes de que pase nada, cuando alguien dice tengo hype por el concierto aunque falten semanas. También based, que se usa cuando alguien suelta una opinión clara, sin rodeos ni matices, y el grupo asiente con un eso es, totalmente. Decir based es aprobar la franqueza.

A veces el atajo va en dirección contraria. NPC sirve para nombrar esos días en los que uno se siente como un figurante que cumple rutinas sin decidir demasiado: ir, venir, hacer lo que toca, sin protagonismo ni energía. Hoy voy en modo NPC no es autocrítica dura; es una forma ligera de reconocer el cansancio.

Y luego está main character. Decir hoy voy en modo main character no significa creerse el centro del mundo, sino lo contrario de desaparecer, estar más presente que nunca. Es decidir vestirse un poco mejor, hablar un poco más alto o salir aunque no apetezca, como si por un rato la vida mereciera atención propia. Es una forma mínima de reclamar presencia en un entorno que observa, compara y mide constantemente.

El problema no es que estas palabras existan. El problema sería no entender para qué sirven. No empobrecen la lengua: la ajustan. No sustituyen al vocabulario tradicional: lo rodean, lo amortiguan, lo alivian. Duran poco porque responden a una urgencia concreta. Cuando esa urgencia cambia, cambian ellas.

Quizá, en lugar de preguntarnos por qué los jóvenes hablan así, deberíamos preguntarnos qué están intentando proteger cuando hablan así. Desde fuera puede parecer distancia, frivolidad o incluso desinterés; desde dentro, muchas veces es otra cosa: una forma de regular lo que sienten, no de negarlo. No se trata de inhibir la emoción, sino de decirla sin quedar expuestos del todo, de rebajar su intensidad para poder compartirla. Tal vez esas palabras —tan ligeras, tan pasajeras— no sean una amenaza para la lengua, sino una señal clara de que, incluso en medio del ruido, seguimos buscando la manera menos dolorosa de nombrar lo que nos pasa.

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